III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1993

La Plata

Lágrimas legendarias

Tres noches lleva Dan sin entrar a la red ni contestar el teléfono. Sale al trabajo muy temprano y vuelve a su casa camuflado en las sombras. Apenas llega, come algo rápido o prepara un sandwich y enciende la PC, coloca la revista de trucos de Mortal Kombat y practica los movimientos con esmero. Uno por uno, hasta que sale perfecto. Me pego al adversario cuando está noqueado, y adelante, abajo, adelante, adelante, golpe alto; Fatality. Repite. Abajo, atrás, atrás, patada alta; Babality.

Repite. Atrás, atrás, abajo, patada alta; Friendship. ¡Repite! No hay diferencias entre la disciplina de un monje tibetano y él. Tiene la concentración ceñuda de Bruce Lee. Se moriría de envidia Chuck Norris al verlo entrenar. A Rocky Balboa le temblaría un párpado. El Señor Miyagi sudaría frío. Excepto que las luchas no son reales, claro. O, tal vez, sería más correcto decir que, para el concentrado guerrero, todo ello es auténtico. Está en juego su honor, y eso trasciende cualquier apreciación filosófica acerca de la realidad.

Dan entrena sin parar. Más Jackie Chan que Jean-Claude Van Damme, sufre, pero no afloja. Los días se han vuelto un campo de práctica constante. Un papel de arroz que no se puede rasgar ni corriéndole por encima. La fuerza del tigre con la ligereza de la gacela. La impredecibilidad del mono. No existe nada más en la mente del luchador. Incluso cuando no puede estar al frente de su PC, durante las horas de oficina, memoriza los combos con la revista escondida en el cajón del escritorio. Hiernan. Maldito feo. Dan lo quiere, porque es un amigo, y por eso necesita demostrarle su afecto y sabiduría con una golpiza fenomenal. Es una extraordinaria forma de amistad la de los gamers.

Esta noche es la elegida. Dan, ahora primer dan, medita sobre la cama y, cuando se siente favorecido por el destino, va hacia la PC. Con un último suspiro, se conecta a la red local. Uno a uno, aparecen los íconos. Están los cuatro: Hiernan, Fran, Rafa y él. Envía un saludo por el mensajero y segundos más tarde la pantalla muta al dragón en llamas.

Comienza la pelea. Round tras round, Dan juega a perder. Imagina a Hiernan feliz, en la casa vecina, luego de varios días sin humillarlo. Lo deja hacer. Quiere que su adversario se confíe para tomarlo por sorpresa. Dan pierde uno, dos, tres rounds.

Y entonces desata su furia.

El intercambio de golpes y combos se inclina ahora a favor de Dan. Raiden y Scorpion caen bajo el puño frío de Sub-Zero. Cree escuchar un grito de protesta en la casa de al lado. El guerrero se pega al cuerpo tambaleante de Hiernan. ¡Ahora! Adelante, abajo, adelante, adelante, golpe alto. La Fatality llega como un terremoto de perfección. Como un volcán de amor. Como la novia más linda. El efecto es tan poderoso que ambas habitaciones se sacuden con violencia. El gran Hiernan se desploma y queda convertido en un sprite sangriento.

Se produce un largo silencio, y la batalla prosigue.

Fatality 1 y, para variar, Fatality 2. Round tras round, Hiernan va al suelo. Sus movimientos son desesperados, pero el aplomo de Dan es inclaudicable.

—Hijo, está Francisco, quiere pasar.

La voz de Madre llega como en un sueño. Dan dice que sí, y al rato Fran está mirando la pelea en vivo. Hasta ahora, si alguien podía llenarle la cara de dedos a Hiernan era Fran, un tipo duro, rápido como una katana y sin sentimientos.

—¡Naaaah, te compraste una revista de trucos! –se escandaliza.

Entre nosotros, que luego formaríamos el Honorable Clú del Dragón Cojo, los trucos son cosa de niños, un deshonor. Dan explica que, en este caso, más que trucos se trata de una guía de combos. Fran aprueba.

Hiernan sigue luchando, pero se lo nota cada round más desanimado. Ha perdido la variedad de golpes, no consigue conectar ni un solo puño, patalea en el aire. «Las batallas se pierden cuando se agota la esperanza, nunca antes.» Fran aprueba.

—¿Te sale la Babality? –pregunta.

Dan arranca la espina dorsal de Hiernan y responde que no siempre.

—A ver si me sale –Fran se sienta ante la máquina.

Nueva lluvia de puñetazos y patadas altas y bajas. Fran tiene un estilo diferente. Hiernan queda atontado y el flaco ejecuta el movimiento especial. Dos segundos más tarde, Hiernan es un bebé que llora en el piso del dojo. Se oye un nuevo alarido en la casa de al lado.

—Mirá, pobrecito.

Dan vuelve a ocupar la silla y la carnicería prosigue varios minutos. Cada tanto, mira la revista para recordar los combos. Iceball, piso de hielo, Fatalities 1 y 2, Babality y, por último, Friendship. Conmovidos, hemos perdonado la vida a ese otrora bravo guerrero, que ahora carece por completo de voluntad. Tanto que ya no se defiende, sólo se tambalea esperando a que lo derriben. ¿O es que pudo haber abandonado?

La puerta se abre de golpe. Allí está Hiernan en persona. Es una escena aterradora. Ha dejado su guerrero sin control para venir corriendo por el pasillo a comprobar si la paliza se la estaba dando Dan, o alguien más.

—¡Fran, ya me parecía! –grita, y la voz le asoma quebrada, como los huesos de Scorpion.

—¡Soy yo, salame! –le dice Dan, orgulloso.

—¡Mentira!

Hiernan está en un estado lamentable. En el peor en que puede estar un luchador. Las venas de su frente sudada tienen el grosor del cable coaxial, los ojos son como lagos. Está llorando.

 


Marvin Clock

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