III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1993

La Plata

La tecla de pánico

Humillado por las palizas recibidas en Mortal Kombat, el pobre Dan va camino a la óptica donde pasa casi todo el día. Hay que trabajar, bah. ¡Qué pérdida de tiempo! Encerrado en su oficina de cristal, en el entrepiso, frente a la enorme carcasa sepia de una computadora IBM XT, debe escribir cartas, liquidar sueldos y llevar el control de stock. La impresora de matriz de puntos chilla todo el día, prueba de que Dan cumple con su tarea. Claro que hace un par de meses ha descubierto una manera de ahorrarse preciosos minutos, incluso horas: guardar modelos de cartas y otros documentos, a los que solo les cambia un nombre y una fecha antes de imprimirlos, y su mayor secreto: copiar y pegar.

Hasta entonces, una computadora era una máquina de escribir apenas más sofisticada que una eléctrica. Poco se entendían sus posibilidades. La burocracia venía de escribir lo mismo a cada rato con copia al carbónico. La misma carta, todos los días, toda la vida. Cosa rara, Dan es programador recibido del IAC, pero no operador. En ese tiempo, son cosas distintas. Puede escribir código, pero nadie le ha enseñado cómo optimizar un trabajo de oficina, ni las funciones ocultas de WordStar.

Ni cómo ganarle a Hiernan.

En esos tiempos, el mundo es de MS-DOS. Dan escribe intrincados comandos de línea o pequeños programas en Basic, que aparecen con caracteres dorados sobre un fondo negro. La XT tiene un monitor de fósforo ámbar de 14 pulgadas, súper sofisticado. ¡Quién puede imaginar que en el futuro se nos derretirían los ojos frente a un fondo blanco con letras negras! Si por entonces lo afirmaran, Dan hubiese reído alto y fuerte (como Hiernan cuando le hace la odiosa Fatality).

Merced a su habilidad para usar templates, y copy-paste, Dan tiene cada vez más automatizadas sus tareas. Y entonces puede leer Axxón, que lo traslada a mundos diferentes, y jugar las aventuras de texto de Infocom o una española llamada El Jabato. En ambos casos, nadie diría que está haciendo otra cosa que su trabajo, a menos que se detuviera a observar la pequeña pantalla. Y, si ese fuera el caso, el astuto muchacho tiene una «tecla del jefe» que puede reemplazar al instante la imagen por otra que semeja una planilla de cálculo. ¡Ah, qué gran invento! Recuerda haberse salvado decenas de veces de la mirada láser del gerente, que suele deambular aburrido entre los espacios de la óptica. ¡Nunca hubiese podido jugar al flamante Prince of Persia –por entonces increíble, debido a sus animaciones– sin la tecla de pánico! (Si tuviera un truco así para Mortal Kombat, ya vería ese maldito horrible de Hiernan...)

La mañana avanza y las hojas perforadas van saliendo lentas de la impresora y se amontonan como capas de crema sobre el piso alfombrado. Dan está haciendo su trabajo. Pero su mente sigue en Mortal Kom-bat. Su mente golpeada. Su mente amoratada. Las patadas duelen. Las Fatalities duelen aún peor. El chirrido de la impresora le taladra los oídos. En medio del sopor, juraría que oye la risita de Hiernan entre línea y línea que dibuja (a los gritos) la máquina terrible.

No puede soportarlo. Se incorpora, tan bruscamente que las piernas golpean el teclado, y el gerente, en la oficina contigua, pregunta si se cayó algo. «Todo bien», masculla Dan, y baja rápido las escaleras caracol y cruza el salón atiborrado de anteojos para sol y viejos chicatos. En la vereda, deslumbrado por la media mañana, Dan decide caminar, dar una vuelta a la manzana, distraerse de Mortal Kombat. Al demonio con todo. Nada puede hacer. Nada. Hiernan, te odio. Cuando gira la esquina, se detiene por acto reflejo frente al puesto de revistas. Siempre le gustaron las revistas. Algún día le gustaría crear una, ver cómo se hace. Eso sería algo nuevo. La vida tendría color. Mira sin mirar del todo. Y entonces se produce el milagro: allí, entre las revistas del corazón, asoma Sub-Zero.

 


Marvin Clock

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