III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1993

La Plata

Cuatro del atardecer

Todas las tardes la banda se junta para jugar. Es fabuloso llegar del trabajo o de la facultad, encender la PC y comprobar, con una sonrisa, que el cable milagroso todavía funciona. El coaxial es una vena negra que lleva la señal desde la PC de Hiernan, cruza una tapia, entra y sale de la máquina de Dan, que está al lado, y se desliza tensa sobre los techos, cruza con disimulo por encima del tráfico de la calle 3 y va a colarse varias casas más allá por la ventana de Fran, atraviesa su computadora y vuelve al techo para, por fin, meterse por un agujero de la pared y conectar la PC de Rafa. 80 metros en total. Cuatro amigos, cuatro nodos, cuatro pequeños Valhallas.

Uno a uno, los iconos de las máquinas van apareciendo en la red. Falta alguna, F5, F5. ¡Banda completa! Cuatro computadoras que se ven entre sí, por increíble que parezca. No existe nada igual en toda la ciudad, están seguros. Es como magia, porque lejos están internet y sus millones de máquinas en línea. Y los amigos se sienten no solo privilegiados, también más unidos porque comparten una pasión única, y hasta quizá el destino.

Para conectarse alguien tiene que crear una partida y arreglárselas para informar la dirección IP a los demás, cosa que a veces ocupa el teléfono, otras un papelito que viaja a lomos del mensajero voluntario, que recorre presuroso las tres casas de la calle 43.

Por la mágica vena corretean orcos, soldados, demonios y autos deportivos. Una batalla continua que a veces dura hasta que despunta el sol. Es que a la medianoche nadie tiene sueño. A las dos de la mañana, todavía hay ganas de hacer una partidita extra. Warcraft, Wolfenstein 3D, Doom, Dune II, Rise of the Traid, Duke Nukem 3D, Heretic, Hexen, Need For Speed. A las cuatro, qué va, ya no tiene sentido irse a la cama, porque después la resaca es peor. ¡Bueno, pasemos de largo!, deciden todos en acuerdo mudo. Un par de partiditas más. Y la última, dale. Luego, los muchachos marchan a sus facultades y oficinas con los ojos inyectados en sangre, pero tan alegres como pueden estarlo. El recuerdo de la noche de red permanecerá el resto del día, y siempre la esperanza de volver a juntarse y repetir la fiesta.

A veces, no están los cuatro amigos. Alguno anda ocupado, o se fue, y su ícono no aparece por más F5 que le den. En esos momentos, siempre regresa el miedo: ¿y si el viento de anoche cortó el cable? ¿Y si el vecino lo cortó? Si tal desgracia ocurriese, sería como si les arrancaran las venas, ni más ni menos.

Ninguno atina a preocuparse por el amigo que falta, sino por la salud del coaxial.

Pero ese atardecer, cuando ya las hojas secas han dorado las calles y el frío comienza a colarse entre los viejos tilos, Hiernan propone un juego recién llegado a la cueva del proveedor de alegría de la red, el gran Roberto. El juego es Mortal Kombat, una absoluta novedad en PC. Porque, en esos años, casi todo es nuevo.

Flor de paliza recibe el pobre Dan. Hiernan es una tormenta de patadas y puñetazos. No solamente golpea como una bestia, también es generoso en repartir fuego, hielo, electricidad, hachazos, y no contento del todo, consigue alguna que otra Fatality, para un final humillante del que ríe tanto y tan fuerte que Dan puede oírlo desde la casa vecina.

 


Marvin Clock

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