III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1992

La Plata

Micromouse

No hay recuerdos de cuándo empezamos a ir. En todo caso, es como si el pequeño reducto hubiese estado allí siempre, en los alrededores de la avenida 7 y la calle 48. La vidriera luce cajas de colores, periféricos y monitores que muestran todos los juegos que no podemos tener, porque sólo las máquinas más nuevas los corren sin problemas.

Es el mejor lugar en la ciudad de las diagonales, por lo menos para un fanático de la tecnología. Lugar de encuentro con los amigos, pero, sobre todo, espacio de sorpresas. Allí están siempre los últimos juegos. Y, detrás del mostrador, el tipo más querido del mundo, Roberto. Un viejo de pelo blanco y bigotes, un poco maligno, pero con una profunda mirada azul que vuelve locas a las viejas del barrio.

Aquel centro de operaciones de la alegría nos da tanto que la vida sin él sería insoportable. De allí surgirán, el año próximo, Myst y el primer lector de CD-ROM. En la Navidad, un alucinante Doom en diskettes. De allí vendrá un día la primera placa aceleradora de video para Dark Forces, el nuevo «first person shooter» de Star Wars. Porque es así, un día cualquiera Micromouse podría sorprendernos con algo jamás visto. Es una época de hallazgos.

Pero esa tarde de 1992 hay algo especial. Entramos al local y Roberto está perdido en una batalla feroz. La pantalla en colores (inalcanzable para casi todos) de su monitor de tubo es de un brillante anaranjado. Abrimos los ojos como platos cuando notamos los diminutos soldados, los recolectores, las bases construyéndose con un poderoso estampido, la seductora voz de mujer. Y soltamos un wooow cuando de la arena surge una boca erizada de dientes que se traga un tanque entero. ¡Un gusano de la arena! Es Dune II: Battle for Arrakis, de Westwood Studios, el primer juego de estrategia en tiempo real que vemos en la vida. Ya nada vuelve a ser lo mismo. Desde ese momento somos Harkonnen y Atreides, fans RTS de pura sangre. Los meses siguientes enviaremos ejércitos y recolectores de especie, construiremos bases lejanas, estaremos atentos a los movimientos de la traicionera arena de Arrakis. La lucha será interminable.

Dos años después, Micromouse es un campo de batalla y por allí pasan extensas partidas de Warcraft, Command & Conquer y, tanto después, frenéticos torneos del glorioso StarCraft.

Como con todas las cosas lindas, pensamos en términos de eternidad. Creemos que nuestro asombroso reducto va a permanecer para siempre.

 


Marvin Clock

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