III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1990

Buenos Aires

El príncipe cansado

Y un día la madre aparece en la casa con la computadora. Es una 286, le parece que dijo. La computadora consta de una serie de artefactos bastante voluminosos. Un monitor culón, que da imagen en blanco y negro y mucho calor. El teclado. El gabinete que guarda el cerebro pensante tiene un botón turquesa de encendido y dos especies de buzones que tragan unos cuadrados plásticos blanditos que a veces usa de abanico cuando el verano recalienta la habitación.

Por último, la impresora; una chillona que parece tejer una bufanda, vuelta tras vuelta, mientras se queja largo y agudo. Al final escupe un lenguazo de papel que hay que cortar en los troqueles para separar las hojas, que a su vez tienen los costados perforados para agarrarse a la impresora. Eso también hay que cortar. Despegar el troquel puede ser balsámico si son pocos. A partir de la tercera hoja es una condena.

Y los cables. En el sector trasero de la computadora reina el caos desde el principio de los tiempos.

La única utilidad que le encuentra a la computadora son dos juegos que la cautivaron de inmediato. Tetris y Prince of Persia. El tema es llegar hasta ellos. Tuvo que anotarse en un papel, que tiene siempre a mano, el paso a paso para ingresar desde el de-o-ese. Después de escribir la fórmula mágica en la pantalla negra, suena la música miliunanochesca que la transporta en alfombra voladora hasta las mazmorras de un palacio en Bagdad.

 «In the Sultan's absence, the Grand Vizier JAFFAR rules with the iron fist of tyranny. Only one obstacle remains between Jaffar and the throne: the Sultan's beautiful young daughter...» Y a correr se ha dicho. Porque una princesa está en peligro.

Las antorchas que apenas iluminan la oscuridad, las piedras regulares del palacio y las losas del piso que tiemblan bajo sus pies, o caen sobre su cabeza. Los guardias de turbante dispuestos a morir fácil y la trampa sanguinaria de pinchos que le producen una muerte horrible una y otra vez hasta que le encuentra la vuelta. Y las puertas guillotina… Cada tanto bebe de una botella como si fuese una Coca-Cola bien helada. El príncipe corre buscando el camino a la torre. Parece un gimnasta ruso o uno salido de una clase de yoga, todo de blanco y en patas. No para nunca porque el peligro acecha. Hay veces que cree verlo cansado. Es un gesto imperceptible pero cuando frena de golpe después de una carrera es como si le faltara el aire.

A ella le falta sangre fría y le sobra impaciencia, así que con todo el tiempo que le dedica apenas si logra pasar del nivel tres. La princesa debe seguir esperando.

 


Marvin Clock

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