III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1985

Buenos Aires

El legítimo yo-yo Russel

Todas las primaveras visitan la escuela. No sabemos si vienen con permiso del ministerio, o sencillamente el director o directora de ocasión les abre la puerta sin hacer caso del protocolo.

Luego del recreo largo de la mañana, o mejor, posterior al receso del almuerzo, las autoridades escolares hacen «formar» en fila al alumnado: a la derecha las chicas, a la izquierda los varones. El patio, que hace momentos era un caos infantil, adquiere, al mágico sonido de la campana –o del timbre–, el orden cerrado de un cuartel militar. Se dibujan las líneas rectas de niños uno detrás de otro, organizados jerárquicamente por altura: primero el más petiso, cierra fila el más largo. Los brazos derechos alzados en ángulo recto al cuerpo son el módulo de distancia que debe separar al niño de su compañero delantero. Parecen cadenas humanas. Adelante la maestra del grado observa ceñuda la compleja operación organizativa. Si da el visto bueno, se puede bajar el brazo.

De lunes a viernes se repite la escena ritual, hasta la entrada del verano. Pero, previamente, en algún día de la primavera llegan los demostradores de yo-yo. Son dos, de riguroso traje azul y corbata. Tras una breve presentación de los directivos, despliegan sus diez minutos de rutina: Que el legítimo yo-yo Russell, de tapitas negras o rojas, que según la temporada pueden venir en color verde o transparentes. Que los secretos de cómo agarrar el yo-yo, cómo hacerlo subir y bajar sin que el cordel se enrede y el yo-yo quede girando como un trompo suspendido del hilo retorcido. Que cómo hacer los trucos, la media vuelta, la vuelta al mundo, el perrito, el bebé, el equilibrista, y un sinfín, unos más imposibles que otros. A medida que avanza la demostración, las cabezas asoman vivas de curiosidad detrás del hombro del compañero, las filas rectas de niños asombrados empiezan a serpentear, hasta que la geometría se rompe del todo. El recreo finalizado recomienza casi al mismo tiempo que los demostradores de yo-yo dan por terminado su show y se retiran entre aplausos y alaridos de maestras exigiendo la vuelta a la formación. El resto de la jornada escolar transcurre con más alboroto que concentración. Al día siguiente, aparecen los primeros yo-yo en el patio del recreo. A la semana, decenas y decenas de alumnos hacen brincar sus pequeños aparatos circulares. Parecen alfajorcitos de colores.

 


Marvin Clock

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