III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1983

Buenos Aires 

Un placer efímero

Ya tiene edad para entender. Hay entusiasmo en las calles, porque están en plena campaña electoral. El 30 de octubre, después de casi siete años oscuros, «los grandes» van a elegir presidente, diputados y senadores. La ciudad, antes pulcra, está empapelada con pegatinas de afiches. Cuando son grandes, los muros se blanquean y se pintan en letras rojas y blancas las palabras Alfonsín Martínez, en celestes y blancas Luder Bittel, en rojinegras Alende Viale. Cada agrupación política tiene sus colores, sus escudos y sus cantitos, igual que los equipos de fútbol. En algunas paredes o al cruzar una calle asfaltada ve siluetas, marcadas con trazos gruesos. Para su mirada de niña parecen monigotes o galletas de jengibre fantasmales, sin ojos, boca ni nariz. Adentro a veces llevan un nombre, NN. Ella pregunta, los grandes le explican. Apenas logra imaginarse lo que le dicen, pero es suficiente para que le corra un frío por la espalda.

Hace tiempo que dejó de jugar al tatetí. La hermana más grande se divertía mientras le enseñaba hasta que aprendió a no perder. Más tarde, ella misma agarró papel y birome y se lo enseñó a una amiguita más chica, divirtiéndose hasta que aquella también aprendió a empatar. El tatetí dura lo que dura la ignorancia del otro. Poco.

Son las vacaciones de invierno, y en los cines de Flores se estrenan varias películas «apta para todo público». Después de los ravioles del domingo aprovechan que la tarde es fría y lluviosa, revisan las columnas abarrotadas de letras de la sección Espectáculos y enfilan para la avenida Rivadavia. Todo parece indicar que van a ver una de tiros, seguro que es en Vietnam, en el Tercer Reich, o tipo 007: se llama Juegos de guerra. Son tiempos interesantes. Ha muerto Brézhnev y el actual presidente del Presidium del Soviet Supremo es un tal Yuri Andrópov. El presidente de Estados Unidos es un ex actor desde hace tiempo devenido en político. La tecnología permite que la Guerra Fría sea más sofisticada. Pero la verdadera guerra fría es una guerra de luz y movimiento, y su Campo de Marte es el cine.

La sala se oscurece, y lo que iba a ser una película de tiros es una de computadoras.

Son como máquinas de escribir con un televisor adelante. No escriben en un papel, sino que las letras aparecen en la pantalla. David, el protagonista, se conecta a través de un teléfono que tiene en su dormitorio. ¡Pensar que en su casa vienen reclamando desde hace años a la empresa de telefonía! No entiende bien a qué se conecta David, pero llama por teléfono y le responde la pantalla o algo así. Vaya a saber cómo funciona. La cuestión es que flor de despelote se arma cuando David, una especie de genio adolescente, como siempre, encuentra una clave –Joshua– y sin saberlo comienza a jugar a la Guerra Termonuclear Global desde su casa con la WOPR, una computadora de las Fuerzas Armadas. Se encienden todas las alertas y casi bombardean a los rusos.

—Y no estalla la Tercera Guerra Mundial porque la computadora aprende a jugar al tatetí consigo misma. ¿PODÉS CREEEEER? –sale del cine desorbitada.

—…

—La computadora SE ABURREEEEEE –dice.

—¡Qué pavada!

Siente como si le hubieran dado una bofetada.

Hay gente que no entiende el sentido profundo de la vida. La guerra es como un juego, se hace para ganar. El tatetí se aprende tan rápido que no hay ganadores. Por eso lo abandonamos.

Tatetí, Tres en línea, Tic tac toe, Ceros y cruces, Juego del gato, Triqui, Totito o La Vieja, distintos nombres para un mismo placer efímero.

 


Marvin Clock

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