III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1982

Buenos Aires

Italpark

En 1960, un año antes de que cerrara sus puertas el Parque Retiro, los hermanos Zanón, inmigrantes italianos afincados en Buenos Aires, instalan en el mismo terreno que ocupaba el primer y auténtico Parque Japonés otro parque de diversiones con un concepto moderno. Hacen traer más de una treintena de juegos fabricados en su Italia natal. El parque se llama Italpark.

Tanto es el éxito que abre una sucursal en Mar del Plata que funciona a pleno durante los meses de verano. Los años ochenta son su época de oro. Iconos televisivos como Carlitos Balá, Las Trillizas de Oro y Los Parchís filman escenas de sus horribles películas en el Italpark. Jingles publicitarios convocan a miles de visitantes: ¡Jugate con Italpaaark! ¡Cuando quieras divertirte de verdad, cuando quieras sonreír con emoción, vení vení al Italpaaark!

La «fábrica de sueños» ofrece juegos vertiginosos o temibles, como El Pulpo, el Tren Fantasma, los Autitos Chocadores, el Super 8 Volante (la montaña rusa vieja) y el Corkscrew (la montaña rusa nueva, ¡la más alta de Latinoamérica y sus alrededores!). El Gusano, Dumbo, Bonanza, o Indianápolis. La vuelta al mundo, el Astroliner. El Samba, el Martillo.

Y como siguiendo una antigua tradición, en 1982 traen una nueva atracción de Italia que es furor. Donde cincuenta años atrás se erguía el monte Fujiyama, ahora el Matterhorn. Si no fuera por su violencia centrífuga podría ser una calesita. Lo bordean estalactitas blancas que caen en punta del alero y en el centro una réplica enana del gigante alpino, en forma de pirámide, oculta el rotor.

Casi diez años después, el Matterhorn exigirá su sacrificio humano y alguien muere. La ciudad clausura el parque y los Zanón quiebran. La bestia es desmantelada y vendida como chatarra. El resto de los juegos tienen destinos inciertos. Por lo menos hasta que, durante unas vacaciones en Valdivia, Cecilia lo ve: en un pequeño parque de diversiones del sur de Chile, un autito chocador rojo lleva aún marcadas en relieve las inconfundibles letras cursivas del Italpark.

 


Marvin Clock

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