III. Videoelectrónica
El tiempo del ensueño.

1973

Zirndorf, Alemania Occidental

Playmobil

La crisis del petróleo está haciendo estragos en la compañía de plásticos. Los árabes se avivaron, cerraron la canilla y pararon la exportación en represalia por el apoyo a la guerra de Yom Kipur. Ponerse de acuerdo les lleva unas cuantas reuniones. Lo que antes vendían por cifras de risa a los países desarrollados para que se desarrollen más, ahora tendrá un precio justo. El crudo se va por las nubes.

En Zirndorf, una ciudad bávara de la Alemania dividida, el señor Brandstätter hace números y la cara se le arruga más. Tiene que pensar de qué manera sortear este temporal que se desató de la noche a la mañana. Su empresa, ya centenaria, nació dedicada a la transformación del metal, pero en los años cincuenta se reconvirtió al plástico. Un material fácil de trabajar y mucho más barato… hasta ahora. Entre los productos que desarrolla hay juguetes, que son su debilidad de niño eterno. Para eso creó un departamento especial dentro de Geobra Brandstätter, la empresa.

El señor Brandstätter hace llamar por el intercomunicador a Hans, con quien trabaja hace años.

—Hay que bajar costos, Hans. O me fundo –declara con aire teatral.

Ya tiene la premisa con la que tiene que trabajar Hans: crear una línea de juguetes que le permita ahorrar material plástico.

Hans Beck tiene manos de artesano. Siente amor por el objeto que trabaja, lo piensa, lo observa, lo siente. Un tiempo atrás su jefe le pidió que desarrollara un nuevo producto, con el que viene trabajando, así que lo adecua de cara a la nueva situación y presenta al directorio su idea.

Cada muñequito cabe entre los dedos índice y pulgar, mide algo más de siete centímetros, y en el bolsillito del pantalón de un chico entran varios. La carita es muy simpática, siempre sonriente y con los ojos bien abiertos. Enseguida generan empatía. Se arman y se desarman, que es todo lo que cualquier mocoso pretende de un juguete pero ¡no se rompen! Se mueven la cabeza, los brazos, las piernas y las manitos. Aunque quedan en posiciones un poco aparatosas, esa torpeza es parte de su encanto. Lo más importante es que no es un juguete que imponga normas de juego, sino que cada niño puede hacer libremente y dar rienda suelta a su imaginación. Los directivos miran los prototipos con ojo comercial y les parece que son como soldaditos de plomo modernos.

Hans sigue argumentando: se pueden intercambiar piezas y hacer combinaciones. Como poner en las cabecitas unos casquitos rígidos que son los pelucones de los muñecos. O sombreritos, cosas para el cabello, maletines, pecheras y toda una batería de accesorios. Las manitos en forma de «U» agarran de todo, incluso pueden tomarse de la mano muñequito con muñequito.

Al muñeco base, se le añaden además de los accesorios de ropa y herramientas, armas y valijitas, un set de escenarios diferentes. El hospital para jugar a la enfermera, las maquinarias para ser obrero industrial. Pero también se puede ser caballero teutónico. Para esto se incluyen animales, vehículos, edificaciones. El mismo muñeco sirve para cualquier escenario.

—Esto permite expandir la línea de juguetes por muchos años.

—Ajá –dice el señor Brandstätter–. Tengo dudas de que esto funcione.

 


Marvin Clock

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