II. Electromecánica
El tiempo del asombro.

1953

Mar del Plata

Locos hubo siempre

Es Navidad y en el subsuelo de la gran galería el público contempla azorado la nueva maravilla. Las colinas de papel madera y aserrín teñido de verde bajan hacia los caminos, túneles y puentes en miniatura. Doscientos metros de diminutas vías se extienden por un paisaje salpicado de edificios con techo de vidrio, estaciones de carga donde bien podrían vivir ratones de saco y corbata y pequeñas casas, pasos a nivel, tanques de agua, columnas de alumbrado y granjas de cartón.

Por toda la escenografía se ven detalles pintados a mano con gran esmero. Árboles, cochecitos coloridos y personitas congeladas en el tiempo. Pero cuando la muchedumbre se agolpa en torno a los cuarenta y cinco metros del pequeño gran mundo, aparecen las locomotoras y el paisaje cobra vida. Las cinco máquinas echan luces (una incluso tira vapor), arrastran vagones con ventanitas que son cuadritos amarillos y, cuando suenan los silbatos, todos a la vez, el público aplaude entusiasmado. El tiempo pasa rápido. Los trenes circulan raudos, se meten en los túneles, bordean el lago, paran dos segundos en cada estación para que bajen y suban sus pasajeros invisibles.

«Trenlandia, uno de los espectáculos que causó sensación en EE.UU.», reza el volante que los mismos amigos constructores de la atracción reparten en la calle, que un día será peatonal. «Visítelo en el subsuelo del pasaje S.A.C.O.A. San Martín 2332.» Son tres jovencitos recién liberados del servicio militar obligatorio, y uno de ellos es el ferro modelista dueño de la mayor parte de las piezas y los trenes. Un segundo lote proviene de Buenos Aires. Pero la enorme maqueta es obra del esfuerzo y, sobre todo, del ingenio. Si las personas pudieran ver debajo de los campos y edificios a escala, verían un bochornoso entramado de diez mil metros de cables y cinta adhesiva que confluyen en un tablero de dieciocho botones. Estos controlan los desvíos electromagnéticos, los diez desenganches automáticos y los tres transformadores de reóstatos. Los preciosos trencitos funcionan con una corriente de veinte voltios.

Cuatro meses dura la maravilla. Cientos de curiosos acuden por día, muchos roban miniaturas en el descuido de los amigos. El boletero sale a buscar cambio y en el medio se le cuelan sin disimulo. A veces las locomotoras descarrilan o chocan, y hay que meterse entre los cables debajo del pequeño mundo para asomar en las inmediaciones del accidente. Trenlandia es tan magnífico y grande que no hay forma de mantenerlo sin que el material se deteriore.

 


Marvin Clock

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