II. Electromecánica
El tiempo del asombro.

1949

Londres

Una de detectives

Pocas cosas gustan tanto como un cadáver que se descubre en la biblioteca de un palacete o en la habitación de un hotel para turistas en un balneario ventoso. Para que el crimen pase a ser una experiencia estética es fundamental que salga de las callejuelas húmedas y malolientes de los bajos fondos. Los sospechosos siempre tienen buenos modales y algún añadido al nombre: «el juez», «el coronel», «la institutriz» o «el playboy».

Agatha Christie es maestra en el arte de narrar la vileza humana con elegancia. Las novelas que escribe año tras año se agotan enseguida. Miss Marple o Hercule Poirot saben que detrás de la falsa compostura de un burgués acomodado y pretensioso se esconde siempre una culpa.

Cuando Anthony Pratt, un músico de Birmingham, crea en 1944 un juego de mesa al que llama Murder!, no hacía mucho que «la reina del crimen» había editado uno de sus clásicos, Diez negritos. La novela cuenta las penurias de diez personas que no se conocen entre sí, que reciben una carta de un antiguo conocido –pasó tanto tiempo que no recuerdan quién es– que los invita a pasar unas vacaciones en la Isla del Negro. El primer asesinato no tarda en llegar. Todos sospechan de todos y hay que descubrir al autor o ser su próxima víctima. En Murder! hay mucho de eso.

Pratt finalmente lo presenta a la editora Waddington Games, que acepta publicarlo en 1949 con algunos retoques y nuevo nombre: Cluedo. Waddington también licencia productos de la compañía norteamericana Parker Brothers, y esta a su vez de Waddington. Por eso, el mismo año, Cluedo sale a la venta en Inglaterra y en los Estados Unidos, rebautizado Clue

En Cluedo, los absurdos Miss Scarlett, Colonel Mustard, Mrs. White, Reverend Green, Mrs. Peacock y Professor Plum se sientan a la mesa de la Mansión Tudor, mientras su anfitrión, el Dr. Black, es asesinado. ¿Quién lo mató, dónde, y con qué? 

Hay que saber interrogar, conjeturar, deducir y acusar. Un tablero simula la casa señorial. Los huéspedes en forma de fichas de colores recorren las habitaciones y pasadizos buscando pistas. Parecen una comparsa de carnaval. Cluedo lleva al extremo del ridículo a personajes que podrían habitar en un libro de Christie: la comehombres, la santurrona, la vieja de los sombreros emplumados parecidos a los de la reina, el eclesiástico hipócrita, el militar veterano de la guerra del ‘14 y el sabiondo. Todos impostores.

 


Marvin Clock

[84:86:104]  10, 70

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