II. Electromecánica
El tiempo del asombro.

1937

Nueva York – Buenos Aires

Cómo hacerse millonario

La crisis del treinta deja traste arriba a mucha gente. En Estados Unidos, donde se produce el Crash de 1929, las largas filas para conseguir un plato de sopa caliente en esos inviernos desesperantes se vuelven algo cotidiano. En los pueblos y ciudades brotan como hongos las «hoovervilles» habitadas por desclasados que ya no pueden pagar una habitación decente. En Argentina, al extremo sur del mismo continente, la crisis también pega tanto o más que allá.

La pretenciosa ciudad de Buenos Aires tiene su versión telúrica de las hoovervilles, pero se llaman «villas miseria». La primera aparece en los lindes del barrio de Palermo en 1932, Villa Desocupación; los más optimistas le dicen Villa Esperanza. Tanto en el norte como en el sur estos asentamientos humanos se construyen «con lo que haiga».

Pero el dinero es como la energía, no desaparece. Mientras que esta se transforma, aquel sólo cambia de manos. Eso de que toda crisis es oportunidad es cierto para cierta gente.

En esa época de barrigas vacías y bolsillos flacos, sale a la venta en Estados Unidos un juego de mesa salvajemente capitalista: hay que jugar y comprarse todo. Quedarse con todo. Aplastar a la competencia. Lograr la posición dominante. Nunca un nombre fue tan adecuado: Monopoly.

Hay quien dice que toda fortuna es mal habida y en ese sentido el origen de Monopoly tiene su controversia. Charles Darrow lo patenta en 1933, pero es un calco de un juego anterior patentado en 1904 por Lizzie Magie, The Landlord's Game. Para despejar el obstáculo, Parker Brothers –la compañía que publica Monopoly desde 1935– compra los derechos a Magie por una cifra irrisoria teniendo en cuenta lo que percibe por ventas. El juego de los millonarios vende y recauda millones.

Su cara visible es Rich Uncle Pennybags o Mr. Monopoly, un anciano ricachón de gran mostacho, monóculo, frac, galera y bastón. Es el banquero simpático que nos presta dinero para comprar propiedades, construir casas y hoteles, comprar líneas de ferrocarriles. Cada tanto
–dependiendo de la mala suerte– habrá que pagar algún «luxury tax» o el impuesto sobre la renta.

En poquísimo tiempo, Monopoly es un éxito dentro y fuera de Estados Unidos. En la Argentina se publica en 1937 El Estanciero, una versión autóctona más acorde con la idiosincrasia local. Con el cambio de paisaje, los brokers inmobiliarios norteamericanos se transforman en grandes estancieros pampeanos. Hay que comprar chacras, campos, ferrocarriles, bodegas, ingenios, hasta provincias enteras. Lo juega gente que no tiene más tierra que la de una maceta o a lo sumo un gallinero en los fondos de la casa. Se gana cuando el estanciero es dueño de todas las propiedades de todas las provincias: Salta, Mendoza, Tucumán, Córdoba, Formosa, Río Negro y Buenos Aires.

 


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