Ilustración por John Tenniel 1865Ilustración por John Tenniel, 1865

Están locos.

A Cecilia en la escuela la llamaban Barat porque había otra Cecilia. A su papá también lo llamaban Barat, así que siempre tuvo problemas de identidad. Es egresada de Bellas Artes, lectora serial y una loca por la historia de la cultura.

A Durgan le dicen de muchas maneras, en general Dan. Es para evitarse la confusión. En actos de índole burocrática tiende a invocar su segundo nombre, Alberto, porque es fácil de entender, aunque lo reniega debido a la falta de épica. Es un loco por los juegos y el concepto de juego. Autodidacta, aunque estudió programación, abogacía, patafísica y otras cuestiones.

Están locos también porque Memoria del juego los dejó así. Fueron más de mil horas de investigación y trabajo. Ciento veintiún mil palabras. Una montaña de notas, la cabeza en llamas, el cuerpo reducido a un montón de alambres retorcidos. Pasaron hambre, calor, sueño, frío, miedo; en el camino de varios meses de trabajo los ayudaron muchas personas: Rafael Zabala, Fernando Komel, Jerónimo Nallar, las Elenas (madres tocayas), hermanas, hijos, amigos. Decenas contribuyeron con sus memorias. Un gato negro, al que llaman Sr. Sombrita, se instaló de prepo en la casa de Cecilia, pese a los reproches gatunos de Hipólita.

Operar una máquina del tiempo nunca es fácil.

Pero fue un viaje fabuloso a través de la cultura. Fueron testigos de la forma en que el juego está presente desde los albores de la humanidad. A medida que escribían y las piezas se iban juntando, les fue revelado un paisaje extraordinario. Los autores esperan que pase algo similar con los próximos viajeros.


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