I. Automática
El tiempo del miedo.

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Fez, Marruecos

La tienda

Marvin headlessUna tienda más no habría llamado la atención en el laberinto de callejuelas que dan vida a la pequeña ciudad. Aunque hubiera aparecido de la nada, como era el caso. El mendigo estaba seguro del prodigio. En un segundo no había nada, en otro segundo había una tienda de toldos amplios que flotaban al viento. Unos toldos muy singulares, de telas livianas y coloridas, agitándose en oleadas rojas aunque, en verdad, no soplaba ni una gota de aire.

Pero lo más extraño era el pequeño muñeco que se erguía a la entrada, entre las vasijas y los frascos. Tenía el color iridiscente del desierto cuando duerme bajo al sol. Unos ojos redondos y luminosos se movían de derecha a izquierda, animado por algún mecanismo desconocido. Pequeñas nubes de vapor surgían de alguna parte, dándole un aspecto aún más teatral.

El hombre va hacia la tienda con algo de temor. Tiendas ha visto muchas a lo largo del tiempo, pero esta es especial. Ya próximo al muñeco, que parece escudriñarlo con sus ojos como monedas, estira el cuello para atisbar el interior oscuro. No hay nadie, salvo un montón de objetos incomprensibles, una cama vieja y dos gatos durmiendo entre las bolsas y rollos. Uno de los gatos es negro y peludo, con ojos muy verdes. La otra es tricolor, una hembra. El interior huele a condimentos, también a algo espeso, que no puede reconocer.

Vuelve entonces la vista al muñeco. Y ve que, entre las manos, una imitación de manos humanas hechas de metal y cuerdas, sostiene un mazo de cartas. El vagabundo sabe de qué se trata, pero nunca ha sido capaz de poseer uno. Y menos uno así, de material fino y pintado con tintas de varios colores y tonos. Vale una fortuna.

Por la callejuela, próxima al mercado, circulan decenas de vendedores y compradores, chillando y riendo. El alarido de los monos sobresale en la algarabía propia del mediodía. Pero nadie presta atención a la tienda nueva.

El mendigo se moja los labios. Observa alrededor. No hay nadie viéndolo y entonces, muy rápido, arrebata el mazo de las manos quietas de su dueño y lo esconde en su túnica. Por un momento, casi espera que la cosa gire los ojos hacia sí, que le reproche la indecencia de ese acto. Pero el pequeño muñeco sigue inmóvil, y para cuando el ladrón y los naipes se han perdido rumbo a la calle central, la tienda ni siquiera existe.

 


Marvin Clock

[08:18.1:20]

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