I. Automática
El tiempo del miedo.

2600 a.C.

Ur, Sumeria

El juego de Sir Woolley

Hace un calor demoledor. El cielo está horrorosamente límpido y por algún fenómeno cosmológico el sol no se mueve de su cenit hace horas. No hay sombra donde guarecerse y Leonard Woolley siente que su cabeza hierve. Los pantalones cortos y las medias hasta las rodillas le dan un aire infantil. La chaqueta, los zapatos acordonados y su sombrero de calle tienen el mismo color que la planicie. Woolley está sentado en el suelo, pinceleta en mano, limpiando con cuidado la tierra seca de un objeto que acaba de desenterrar. Su esposa Katharine es arqueóloga como él, y está a su lado cubierta de polvo, vestida como para una tarde de picnic sobre un impoluto césped inglés.

Estudiaron en Oxford pero se conocieron en Ur. Katharine tiene el carácter fuerte necesario para este tipo de trabajo. Demasiado fuerte según algunos, entre ellos su amiga Agatha Christie, quien le prometió convertirla en personaje de una futura novela.  

Desde 1907, Woolley ha metido las narices en donde pudo; en Wadi Halfa, en Karkemish, en Amarna. Recuerda que las excavaciones en Karmenish las hizo junto con Lawrence de Arabia. La arqueología es una cuestión de Estado. Hay que llevar tesoros para la Corona y ellos son los Francis Drake del Museo Británico.

Hoy, transpirando en una llanura reseca cercana a la ribera del Éufrates, están desenterrando piezas milenarias en la antigua ciudad sumeria de Ur.

Al finalizar el largo día, los Woolley y los otros arqueólogos se sientan a apurar un scotch frente a la tienda de lona donde guardan el botín. La alegría es inmensa por el hallazgo. Hay acuerdo unánime. Le ponen «Juego Real de Ur» porque el objeto es exquisito. Un extraño tablero rectangular con tres hileras de casillas que se angosta casi a la mitad. Hace recordar dos tierras unidas por un puente. El total de casillas es veinte y están decoradas con geometrías taraceadas con nácar y lapislázuli. Una estrella de ocho puntas, cuatro ojos que miran, y toda una variedad de dibujos repitiendo el motivo del «quincunce», los cinco puntos del dado.

—¿Serán números? –pregunta uno, y teoriza–: Aquí tenemos la estrella, que puede ser tanto el as como el ocho. Los ojos pueden ser un cuatro, acá el cinco, acá el doce y acá el veinte.

—Aplicando ese criterio –razona otro– las siete fichas negras y las siete blancas llevan todas el quincunce. Sumarían treinta y cinco por jugador.

Agatha está de visita y aprovecha para flirtear con uno de los arqueólogos del equipo.

—Señor Mallowan, ¿para qué serán estas tres piedritas?

—Señora Christie, esas estructuras piramidales son dados de cuatro lados, si usted los observa bien...

—¡Oh, Max, cuánta razón tiene! –lo interrumpe Agatha, que tomándolo del brazo se lo lleva lejos de la reunión.

—Sospecho –dice Woolley–, que es un juego de recorrido por turnos entre dos jugadores. Las «piedritas» –el grupo se ríe con ganas– son los dados que marcan la cantidad de casillas que se puede avanzar.

—No habría que descartar que se pudiera comer las fichas del adversario –interviene Katharine, a quien todos temen.

—¿Les conté que tengo evidencia del diluvio de Gilgamesh? –cambia de tema Woolley.

—¡No, no de nuevo con eso, Leonard! –replican a coro.

Y entre copa y copa, la noche avanza y la bóveda del cielo parece caérseles encima. Mañana temprano empaquetarán el tablero azul, con sus fichas y sus dados. Lo pondrán en una caja de madera con una oblea roja que diga «Frágil», acompañado de una tarjeta con los datos del hallazgo. Pronto será despachada a Londres.

En 1928, el Juego Real de Ur, enterrado durante más de 4000 años como parte del ajuar de algún terrible monarca de la tercera dinastía, abandona la prístina Sumeria.


Marvin Clock

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