I. Automática
El tiempo del miedo.

1519

Tenochtitlán

Patolli

Es una de las ciudades más hermosas y grandes del mundo. Rodeada de las aguas del lago Texcoco, sobre el centro de la isla se yergue la monumental sede del sagrado poder político y religioso del Estado mexica. Pirámides de piedra con paredes y escaleras de vértigo para hacer más dura la llegada hasta el edificio de la cumbre, o para pensárselo bien antes de emprender el viaje hacia arriba con algún reclamo. Amplias avenidas conectan la isla con las demás orillas.

El resto de la ciudad es puro bullicio y coloridas barcazas comerciando los frutos del país, aves exóticas, pedrerías, mantas. Todo se puede conseguir en ese bazar a cielo abierto. Regatean a los gritos, porque esa esgrima es parte del ritual de la compraventa.

Entre ese desorden se puede ver a dos hombres alejados del gentío. Están sentados alrededor de una estera con forma de aspas de molino, ubicadas en dirección a los puntos cardinales. Encienden un trozo de palosanto y con él sahúman el aire invocando a Macuilxóchitl, el dios de las Cinco Flores, para que los beneficie en el juego de apuestas.

La estera está dividida en cincuenta y dos casillas; la misma cantidad de años que dura un ciclo de calendario. Están teñidas con diferentes tonos y cada jugador tiene seis piedras de colores distintos que usan como fichas. Cinco «patolli», un tipo de frijol que forma parte de su dieta diaria, sirven de dados y le dan nombre al juego. Las marcas blancas en cada uno de ellos determinan su valor y deben quedar hacia arriba.

Con las piedras, ayudadas por el azar de los «patolli», se ingresa a la casilla central de la cruz, que es el punto de largada hacia el extenso camino. Hay que dar la vuelta completa por los cuatro brazos y volver al punto de inicio. O ganar todas las apuestas del contrario.

Apuestan tanto los jugadores como los mirones que se van juntando a medida que el juego avanza. La partida se hace larga y las apuestas son fuertes, especialmente cuando el mezcal corre entre las manos de los espectadores que, desinhibidos, empeñan hasta la dignidad. Más de uno saldrá arruinado.

El sol del mediodía quema y a lo lejos, por el sudeste, se acerca una nube de polvo. Los presentes dan voces de alarma. Una hora más tarde circula la leyenda: unos seres pálidos y peludos sentados a horcajadas de bestias infernales están a un tris de ingresar a la ciudad.

 


Marvin Clock

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